La Santa Misa fue presidida por el Rector Mayor de los Salesianos, padre Fabio Attard, y concelebrada en presencia del superior general de la Piccola Casa della Divina Provvidenza, padre Carmine Arice, de los Padres Cottolenguinos, de las Hermanas y de todos los participantes en las Jornadas de Espiritualidad. Un clima de profunda acogida y sincera hospitalidad caracterizó toda la celebración, haciendo visible la belleza de una comunión que hunde sus raíces en la historia y se abre con confianza al futuro.
El saludo del Superior General: una comunión que huele a cielo
En su saludo inicial, el superior general de la Piccola Casa della Divina Provvidenza, padre Carmine Arice, expresó su profunda alegría por la presencia de la Familia Salesiana, subrayando el significado particular de este encuentro. La celebración tuvo lugar, de hecho, en vísperas del 198º aniversario de la fundación de la Piccola Casa, que comenzó con las primeras vísperas y se inscribió en el camino de preparación hacia el bicentenario, ya próximo.
El padre Arice recordó que este segundo año de preparación está acompañado por un tema que invita a crecer en la confianza en la Providencia y en la comunión eclesial, destacando cómo el cielo mismo parece «celebrar» este encuentro. De ahí la invitación a vivir cada vez más, también en la tierra, una verdadera comunión de carismas, no como una simple cercanía, sino como un auténtico «barrio de santidad», capaz de irradiar luz y esperanza en la ciudad y en el mundo.
Con especial agradecimiento, el superior general saludó al Rector Mayor, don Fabio Attard, recordando la estima y la amistad que unen los dos caminos carismáticos, ya experimentadas en anteriores ocasiones de encuentro y colaboración. Su presencia en el Cottolengo fue definida como un don precioso, signo de una comunión que sigue creciendo con el tiempo.
Por último, el padre Arice ha dado las gracias a todos los que han hecho posible la celebración y ha invitado a todos a confiar al Señor el camino compartido, para que, sostenidos por la Providencia, podamos seguir dando testimonio del Evangelio de la caridad con alegría y fidelidad.
Una celebración de fraternidad entre carismas nacidos de la «locura de la caridad»
Al tomar la palabra después del saludo del superior general, el Rector Mayor, padre Fabio Attard, agradeció el recibimiento familiar, recordando que esta relación tiene raíces lejanas, nacidas no solo en estos meses, sino en encuentros sencillos y cotidianos, vividos como auténticos signos de l a Providencia. Un vínculo que remite directamente a la amistad y a la comunión carismática de los fundadores, san Juan Bosco y san José Benedicto Cottolengo, unidos por lo que el padre Fabio definió como una verdadera «locura de la caridad».
La presencia de la Familia Salesiana en el Cottolengo —subrayó— es un signo del deseo de seguir bebiendo de las mismas fuentes de las que se inspiraron los fundadores, dejándose nutrir por una fe que se convierte en servicio concreto, sobre todo en los momentos marcados por la fragilidad, las tensiones y las formas de violencia que afectan a las personas más vulnerables.
La Providencia que se convierte en relación e intercesión
En la homilía, don Stefano Martoglio, vicario del Rector Mayor, recordó ante todo el significado del lugar de la celebración: la Piccola Casa della Divina Provvidenza como auténtica ciudadela de la caridad, signo concreto de una fe que se confía a Dios y se traduce en obras. Una realidad que habla de la Providencia vivida, no solo anunciada.
En este sentido, don Martoglio observó cómo los «cromosomas del Cottolengo» también están presentes en el ADN espiritual de los salesianos: la confianza en la Providencia, tan central en la experiencia de san José Benito Cottolengo, pertenece profundamente también al carisma de Don Bosco y de la Familia Salesiana.
Al comentar el Evangelio de la curación del paralítico, el Vicario subrayó cómo Jesús posa su mirada ante todo en los camilleros, en aquellos que llevan al enfermo ante Él. Es una fe que nace de un movimiento interior, fruto de una relación profunda, y que se atreve a realizar gestos concretos con tal de poner al hermano ante el Señor.
El milagro —recordó— no se produce por la fe del paralítico, sino por la de sus amigos, poniendo de relieve el valor de la oración de intercesión. El don más grande es el perdón de los pecados, signo de una renovación interior que precede a toda curación visible.
Por último, una invitación a ser hoy una comunidad capaz de llevar a los demás ante Dios, confiando en la paciencia y la fidelidad de la Providencia, que sigue acompañando el camino de la humanidad.
La fe de Cottolengo en la Divina Providencia
Al término de la celebración, sor María Teresa Materia, hermana de San José Cottolengo, ofreció una reflexión sobre el tema «La fe en San José Benedicto Cottolengo», poniendo de relieve el profundo vínculo espiritual entre el Santo de la Divina Providencia y San Juan Bosco.
A través de textos y testimonios del propio Don Bosco, primer biógrafo de Cottolengo, sor María Teresa esbozó una fe que dista mucho de ser ingenua o descomprometida: una fe madurada en la prueba, en el abandono confiado y e e responsable a Dios, capaz de transformar el sufrimiento en un lugar de encuentro con el amor del Padre.
La Piccola Casa nace precisamente de esta mirada de fe: mirar a las personas con los ojos del corazón de Dios, para que cada uno pueda sentirse acogido, amado y nunca solo. Un mensaje que se entrelaza profundamente con el carisma salesiano y que sigue siendo una profecía viva para la Iglesia de hoy.
La celebración eucarística en el Cottolengo se reveló así como un signo luminoso de fraternidad, de memoria compartida y de esperanza, confirmando que la comunión de los carismas, vivida en la fe y en la caridad, es una fuerza capaz de renovar la Iglesia y de generar vida para el mundo.