Italia – Como una Ferrari sin frenos: educar a las emociones para acompañar la desorientación de los jóvenes
Una pregunta nada abstracta, afrontada el 23 de enero pasado en una sala repleta de padres atentos y participativos, durante el encuentro promovido por los salesianos de Frascati para ofrecer instrumentos de reflexión y acompañamiento educativo.
Moderados por la periodista de «Radio1 Rai», Diana Alessandrini, los psicólogos y formadores Rosanna Schiralli y Ulisse Mariani propusieron un modelo educativo fundado en la relación, la competencia emotiva y la responsabilidad, entrelazando datos, neurociencias, experiencia clínica y casos concretos.
Al abrir el encuentro, la referencia a un hecho de crónica que ha sacudido la opinión pública: el asesinato de un muchacho en la escuela, acontecido precisamente en los días de la Jornada Nacional del Respeto, instituida en memoria de Willy Monteiro Duarte. Una paradoja dramática que, como recordó Alessandrini, no puede ser despachada como un evento aislado: según datos del CNR, noventa mil muchachos entre los quince y los diecinueve años declaran haber usado al menos una vez un cuchillo para herir o amenazar a un coetáneo. Un fenómeno en fuerte crecimiento, que concierne directamente a familias y escuelas.
En su intervención, Rosanna Schiralli aclaró cómo la educación emotiva no coincide simplemente con el «hablar de emociones», sino que representa un verdadero proceso de construcción del cerebro emotivo. De hecho explicó que: «Los muchachos de hoy se esfuerzan por reconocer lo que los entusiasma, no toleran la frustración y buscan alivio inmediato en el comportamiento impulsivo». De aquí el vínculo estrecho entre malestar emotivo y aumento de las dependencias, del alcohol a las sustancias, de lo digital al autolesionismo.
A través de una metáfora eficaz – la de una Ferrari potentísima pero sin frenos – Schiralli subrayó cómo los niños nacen con un enorme potencial, pero sin los instrumentos necesarios para gestionar impulsos y emociones. «Los frenos se construyen – afirmó – y su nombre es educación emotiva». Una educación que pasa por acogida, sintonización, reflejo, pero también por reglas claras, confines y límites, elementos hoy cada vez más difíciles de ejercer.
Ulisse Mariani amplió el discurso recordando las neurociencias y la psicología evolutiva: el cerebro humano se completa alrededor de los veinticuatro años y su desarrollo depende de modo decisivo de la calidad de las relaciones educativas. «Padres, maestros, educadores son verdaderos arquitectos del cerebro de los muchachos», dijo. Sin una guía adulta capaz de tener juntos afecto y reglas, el riesgo es el de hacer crecer jóvenes dominados por la pulsión e incapaces de transformarla en emoción y acción consciente. Es necesario entrenar la empatía, hecha posible por las neuronas espejo, desde la infancia mediante una educación que no concierne solo a la familia, sino también a la escuela, llamada a integrar cada vez más una didáctica de las emociones junto a los aprendizajes tradicionales.
Al cerrar el encuentro, la lectura de una carta de un dirigente escolar sobreviviente de los campos de concentración nazis, que invita a los educadores a no limitarse a formar estudiantes competentes, sino seres humanos. Una advertencia potente, que resume el sentido profundo de la iniciativa de los salesianos de Villa Sora: educar a las emociones no es un lujo, sino una responsabilidad urgente, para prevenir la violencia y restituir a los jóvenes instrumentos para habitar el mundo de modo humano.
La Escuela de Padres de Villa Sora se confirma así como un espacio de confrontación precioso, donde padres y profesionales se encuentran para buscar respuestas compartidas a uno de los desafíos educativos más decisivos de nuestro tiempo. En un tiempo en el que la violencia parece nacer de la incapacidad de sentir y de esperar, educar a las emociones no es solo una elección pedagógica, sino un acto urgente de responsabilidad colectiva hacia el futuro de nuestros muchachos.