Madagascar – En la pobreza de Moramanga toma forma el sueño de monseñor Vella, SDB: la «Universidad Don Bosco»

Para llegar a las aldeas más remotas de su vasta diócesis, en Moramanga, en el este de Madagascar, el obispo debe usar una moto: en muchas zonas no existen caminos.

Monseñor Rosario Saro Vella, de setenta y cinco años, salesiano originario de Canicattì (Agrigento), es misionero en la «isla roja» desde hace cuarenta y cinco años y la conoce como la palma de su mano. Es el único obispo italiano en el país. Se desplaza en moto, es cierto; pero también en canoa y en todoterreno.

Su diócesis está a tres horas y media de baches y cráteres de la capital Antananarivo. El campanario de la catedral destaca entre casas de paja y barro: pocos pueden permitirse ladrillos o chapas. Dentro, la iglesia está repleta de jóvenes que se preparan para la confirmación, señal de una realidad eclesial viva y proyectada hacia el futuro. «Tenemos diez mil estudiantes en nuestras escuelas, desde la guardería hasta el bachillerato: un recurso increíble», cuenta.

Prioridad: la educación

Por eso está a punto de nacer la «Universidad Don Bosco». Como buen salesiano, monseñor Vella apuesta todo por la educación. El proyecto más ambicioso es la creación de una gran universidad que pueda acoger al menos mil estudiantes. El terreno de la universidad está a cinco kilómetros de la curia: están en construcción aulas, biblioteca, dormitorios y alojamientos para docentes. La CEI, a través del «Servicio para las Intervenciones Caritativas para el Desarrollo de los Pueblos», financiará la obra con un millón y medio de euros. Contribuirán también los propios Salesianos de Don Bosco, donantes privados y asociaciones, y en la misma área nacerá también una casa de acogida para madres solas y mujeres vulnerables, gestionada por religiosas.

El edificio principal, en construcción, será inaugurado en mayo. Desde el año pasado están activos los cursos de Economía y Derecho, con trescientos inscritos. Posteriormente, comenzarán también Educación, Turismo y Comunicación. La diócesis sostiene a más de novecientos universitarios con becas, con un gasto que roza los cien mil euros al año. «Intentamos ayudar a todos los que lo merecen», explica.

Al frente del proyecto académico está Prisca Marav, una de las rectoras más jóvenes de Madagascar, con menos de treinta y cinco años. Licenciada en Ciencias Políticas en el país, se especializó en derecho internacional en Loppiano, en Italia, gracias al apoyo del obispo que creyó en ella. Las dificultades son sobre todo económicas: «Aquí la prioridad es comer cada día. Poner en marcha una universidad es un desafío enorme. Muchos estudiantes tienen que trabajar para ayudar a la familia, aunque las tasas son bajísimas, menos de cincuenta euros al año, y ofrecemos becas. Algunos llegan sin haber comido», explica la rectora. Convencer a los jóvenes más prometedores para que continúen sus estudios significa con frecuencia quitarles brazos al trabajo en los campos.

Una formación integral. Muchos estudiantes provienen de las aldeas de la sabana, donde se vive del cultivo del arroz y de la cría de cebúes. Pocos quieren estudiar agronomía o turismo, sectores estratégicos para el desarrollo: «Todos sueñan con un trabajo de oficina. Se necesita un trabajo cultural para hacer entender cuáles son las verdaderas necesidades del país», observa Marav. La diócesis apoya a los jóvenes también en el plano humano: los acoge en comunidades religiosas, contribuye a la alimentación, el alquiler y los gastos médicos. «No nos ocupamos solo de los estudios, sino de la persona entera, de una formación integral». Mientras tanto, las Cáritas locales construyen casas de mampostería para las familias sin techo, ayudan en la compra de medicamentos y cubren gastos urgentes.

Los desafíos de la diócesis

En Moramanga los católicos son aproximadamente seiscientos mil, atendidos por treinta y cinco sacerdotes, religiosos y diocesanos, y por veintidós congregaciones. El compromiso es sobre todo educativo, solidario, social y sanitario, en un país donde el 75% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza y la sanidad pública es casi inexistente.

«Fuimos en moto a una zona de minas de oro y encontramos a algunos jóvenes que llevaban a una chica en una improvisada camilla hecha con cañas de bambú y mantas. Habían caminado dieciocho horas y aún les quedaban otras diez para llegar a un dispensario. Estas son injusticias gravísimas e irracionales», cuenta «padre Saro», como le llaman sus amigos. «Estamos pensando en intentar construir un nuevo ambulatorio en esas zonas».

Luego, están las emergencias, que nunca faltan. Las últimas semanas, el ciclón «Gezani» destruyó casas, arrancó techos, incluso resistentes contenedores. El obispo fue a animar y llevar ayuda. Afortunadamente no hubo víctimas en la diócesis.

En el ámbito político, a pesar de las protestas del pasado octubre y de nuevas caras en el poder, la situación de fondo no ha cambiado. Y luego está el infame capítulo de los recursos mineros, que podría ser una fortuna pero en cambio se convierte en una maldición. Madagascar es rico en oro, coltán, cobalto. «Desgraciadamente, los beneficios no van a la población sino a los pocos gobernantes y a las multinacionales extranjeras – explica el obispo –. Existen intermediarios, frecuentemente emisarios de los políticos, que toman los recursos y luego los revenden en el extranjero a diez veces más. Aquí están presentes Japón, China, Rusia, Francia, Estados Unidos. Quien puede viene a llevárselos».

Si los caminos fueran buenos ya sería un paso enorme para el desarrollo, sobre todo a través del turismo, en un país de paisajes maravillosos y flora y fauna únicos, como las ciento diecinueve especies de lémures que existen solo aquí. «Pero donde están las minas no quieren caminos – concluye el obispo –, porque así pueden seguir haciendo sus negocios sin que lleguen otros».

Patrizia Caiffa

Fuente: SIR

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