En un diálogo franco y sincero, se abordan todos los problemas relacionados con el presente y el futuro de la vida religiosa: la inexorable caída de las vocaciones, especialmente en Occidente, la calidad de la formación, las dificultades para vivir y testimoniar la vida fraterna, la fidelidad al carisma originario entre las actividades apostólicas que hay que llevar adelante y las notables dificultades económicas… Son todos problemas que indican una evidente fragilidad.
Pero, señalan los autores, la vida consagrada puede renacer precisamente de las fragilidades que está experimentando en tantos aspectos. Sin embargo, no se debe seguir identificando la vida religiosa únicamente con la función social que ha desempeñado en el pasado: no solo es un error, sino que también es fuente de pesimismo y de cerrazón ante cualquier posibilidad de cambio y transformación.
La vida consagrada hoy es más necesaria que nunca en la Iglesia: hay que tener, sin embargo, el valor de liberarse de la ansiedad y de la preocupación por un futuro sin números y sin muros. La vida religiosa no es lo que se hace, sino lo que se es: signos de la presencia de Dios en el mundo, «metáforas del amor de Dios».
«El futuro de la Vida Consagrada, que creo profundamente que seguirá existiendo, porque es el Espíritu de Dios, y no nosotros, quien la sostiene, no pasa ni por el número, ni por las paredes y los muros ya construidos que pensamos que debemos conservar a toda costa… No existe, ni existirá Vida Consagrada sin mujeres y hombres profundamente creyentes, auténticamente desposeídos, abandonados en Dios», afirma con toda claridad el cardenal salesiano Ángel Fernández Artime.
«Hoy la vida religiosa es más necesaria que nunca, pero necesita recuperar como nunca el enamoramiento y la fascinación por el Señor Jesús, poniéndolo en el centro de nuestras vidas y en lo profundo de nuestros corazones», añade también el Pro-prefecto de la DIVCSVA, según el cual «seguir identificando la vida consagrada únicamente con la función social que desempeña (en las escuelas, en los hospitales, o en las instituciones de acción social) no es solo un error: es también fuente de pesimismo, de nostalgias del pasado y de cerrazón ante cualquier posibilidad de cambio y transformación».
Tanto en los seminarios como en las parroquias hay «mucha menos madurez de la que se supone», denuncia valientemente el cardenal: «Ya no es suficiente una formación espiritual y doctrinal básica. Es necesaria cada vez más una preparación humana, afectiva, psicológica y cultural, que permita dialogar con el mundo y responder a los desafíos sociales».
Autenticidad, madurez humana y espiritual, preparación integral, apertura cultural y valentía profética son los requisitos necesarios para responder a la crisis de las vocaciones, en una época en que los jóvenes piden ante todo coherencia entre lo que se proclama y el propio modo de vida. A ellos hay que hacerles entender que la vida consagrada «no es una mutilación de uno mismo, sino una valorización de lo que se es, transformados, sin embargo, por la pasión por el Señor, trabajando sobre uno mismo con la gracia que solo Dios da, bebiendo de las fuentes de un carisma auténtico y reconocido por la Iglesia, de una espiritualidad, de una misión e incluso de una comunidad».
No faltan en el libro-entrevista las páginas dedicadas a los abusos, con una precisa asunción de responsabilidad, siguiendo la línea de las posiciones de los últimos papas: «Incluso un solo caso es tan grave como para ser imperdonable e injustificable».
El panorama que resulta del volumen es, en síntesis, el de una vida consagrada caracterizada, aún hoy y de cara al futuro, por una fuerte carga profética: «En un mundo que en muchos aspectos está marcado por la indiferencia y la fragmentación, las comunidades que viven una verdadera fraternidad son un signo visible de unidad, de encuentro, de comunión y de reconciliación. El testimonio de la fraternidad comunitaria demuestra que otra lógica es posible, diferente a la del dominio, del egoísmo y de la búsqueda absoluta del poder y de la riqueza».
Es la «contracultura evangélica», que el cardenal Fernández Artime desarrolla a partir de su vocación religiosa: «Don Bosco decía a los jóvenes: ‘Con vosotros me encuentro bien’. Y todavía hoy me sucede lo mismo».
Con la colaboración de Maria Michela Nicolais, para AgenSir



