La guerra que continúa
La guerra entre las fuerzas armadas israelíes y el grupo Hezbollah continúa marcando profundamente la vida de Líbano, agravando una situación ya frágil y golpeando duramente a la población civil. El país se enfrenta hoy a una crisis humanitaria de vastas proporciones, mientras el conflicto incide no solo en las infraestructuras, sino también en el tejido social y psicológico de la población.
Durante una conferencia de prensa en Beirut, el ministro de Salud Rakan Nassereddine habló abiertamente de emergencia: desde el inicio de los ataques israelíes, más de un millón de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares. De estas, aproximadamente 126 mil han encontrado refugio en quinientos ochenta y nueve centros colectivos, mientras que muchas otras han sido acogidas por familiares o por comunidades religiosas. Paralelamente, el ministro de Asuntos Sociales, Haneen Sayed informó de que cientos de miles de ciudadanos se han registrado en los portales ministeriales para recibir asistencia. Según las autoridades libanesas, actualizadas al 24 de marzo de 2026, el balance de víctimas ha alcanzado las mil setenta y dos, entre ellas más de noventa y cuatro niños, mientras que los heridos son más de 2.876. ¡Desde el 2 de marzo hasta hoy, continúa el calvario en el país de los cedros!
Beirut y el sur bajo ataque
Las zonas más afectadas siguen siendo Beirut – en particular la periferia sur y la zona de Dahiyah – junto con numerosos pueblos del sur del país. Los bombardeos han dañado viviendas, escuelas y actividades comerciales, obligando a miles de familias a vivir en condiciones de constante miedo y precariedad.
Entre los episodios más dramáticos se recuerda la muerte del sacerdote maronita Pierre Al Rai, asesinado mientras intentaba socorrer a algunas personas alcanzadas por un bombardeo. El papa León XIV quiso recordarlo subrayando el significado de su apellido, «Rai», que en árabe significa «pastor»: una imagen que describe bien su elección de permanecer junto a los fieles hasta el final, «como un verdadero pastor con su rebaño».
La guerra psicológica
Junto a la destrucción material, el conflicto está generando una profunda crisis psicológica. Las escuelas funcionan de forma intermitente, muchas actividades económicas están paralizadas y el futuro se presenta cada vez más incierto. Los jóvenes, en particular, expresan cansancio y desilusión: cada intento de volver a una vida normal – reanudar los estudios, encontrar trabajo, formar una familia – es continuamente interrumpido por nuevas escaladas de violencia.
Una crisis que afecta a toda la región
La guerra no concierne únicamente a Líbano. En el país viven numerosos refugiados provenientes de Siria e Iraq, muchos de los cuales ya habían huido de conflictos anteriores. En los últimos diez días, según diversas estimaciones, más de ciento diez mil sirios han abandonado Líbano para regresar a Siria en el intento de escapar de los bombardeos. También la comunidad iraquí, concentrada principalmente en Beirut, vive de nuevo en un estado de fuerte inseguridad.
Niños y familias bajo presión
Las explosiones marcan la vida cotidiana, a menudo durante la noche pero a veces también en pleno día. Niños, maestros y familias se encuentran entre los más expuestos al peso de esta tensión continua. Aunque entre las personas involucradas en las actividades educativas y comunitarias no se registran heridos, crece la necesidad de apoyo humano, educativo y psicológico.
La casa salesiana de El-Houssoun: un refugio en la tormenta
En este contexto dramático, algunas realidades continúan ofreciendo una ayuda concreta. Entre ellas, la casa salesiana de El-Houssoun, situada en una zona apartada del Monte Líbano, representa un punto de referencia importante. Desde su apertura en 1957, la estructura ha acogido a personas que huían de la guerra.
Durante la guerra civil libanesa, el edificio fue ocupado por milicias y transformado en centro de adiestramiento, pero al mismo tiempo permaneció como refugio para numerosos desplazados, algunos de los cuales permanecieron allí incluso después del fin del conflicto. Devuelta a la gestión de los salesianos en 1986, la casa ha abierto sus puertas en diversas ocasiones: en 1989, 1990, 2006, 2024 y hoy, nuevamente, en 2026.
Acogida sin distinción
A lo largo de los años, la acogida se ha ido organizando cada vez más. Gracias a la colaboración con instituciones salesianas y organizaciones internacionales, el apoyo ofrecido comprende no solo alojamiento, sino también distribución de alimentos, ropa, medicamentos, asistencia sanitaria y apoyo psicológico.
Se presta una atención especial a los niños y jóvenes, a través de actividades educativas y recreativas pensadas para ayudarles a elaborar el trauma de la guerra. Desde principios de marzo, la casa acoge a ciento dieciséis personas provenientes del sur de Líbano, en su mayoría familias musulmanas chiítas. Muchas de ellas ya habían sido acogidas durante el conflicto del otoño de 2024 y han regresado recordando la experiencia positiva vivida.
Zeinab, de once años, cuenta con sencillez y esperanza:
«A pesar de que la guerra nos obligó a dejar nuestro pueblo, aquí, en la casa de Don Bosco, me siento segura y a gusto. Este lugar me hacía falta. Quién sabe, si fuera posible, sería maravilloso tener también cerca de nosotros una casa como esta, junto a nuestra tierra y a nuestra gente».
Sus palabras expresan con fuerza cuán valioso es ofrecer no solo un refugio, sino un lugar que sepa devolver el sentido de familia y dignidad.
Signos de esperanza
En medio de la violencia, la solidaridad continúa siendo un signo concreto de esperanza. Comunidades religiosas, educadores y trabajadores sociales están comprometidos con el acompañamiento a las personas más frágiles, ofreciendo ayuda material y cercanía humana.
Un signo de atención llegó también del Nuncio Apostólico, monseñor Paolo Borgia, que visitó algunos pueblos del sur de Líbano para apoyar a las comunidades afectadas, llevando ayudas concretas y palabras de aliento.
Para los salesianos y los laicos corresponsables (CEP) de Líbano, en particular de la comunidad de El-Houssoun, recibir a las personas desplazadas es ante todo una elección de fe, inspirada en el Evangelio: «Era forastero y me acogisteis». En un contexto marcado por la guerra, el gesto sencillo de abrir una puerta se convierte así en una forma concreta de resistencia a la violencia y un acto de confianza en la posibilidad de un futuro de paz.
En el día de la Anunciación, se eleva finalmente una oración de esperanza: pedir la intercesión de María para que pueda llegar pronto un anuncio de paz, de acuerdo y de fin de la guerra. Un deseo compartido por un pueblo cansado, pero todavía capaz de creer en un mañana diferente.



