Italia – En busca de una esperanza para vivir: en Roma el «Vía Crucis de los Invisibles»
La pasión de Cristo que se encuentra con el camino de los invisibles, acariciando las heridas abiertas de un grupo de personas en busca de una esperanza. También este año, en su tercera edición, las personas sin hogar estuvieron en el centro del llamado «Vía Crucis de los Invisibles», organizado por el albergue Caritas «Don Luigi di Liegro» junto con la Basílica salesiana del Sagrado Corazón de Jesús, y otras realidades como el comedor nocturno «Juan Pablo II», que garantiza cientos de comidas calientes a los necesitados, y la carpa de Porta San Lorenzo, abierta durante el año jubilar para dar una cama y una comida a muchas personas sin hogar — todas instituciones cercanas a la Estación Termini, una zona marcada por una fuerte presencia de hombres y mujeres signados por profundas soledades, precariedad económica, migraciones forzadas e indiferencia.
El tema de este tercer año, «El camino de la cruz, vía de la paz», acompañó todo el recorrido que, iniciado con la misa en la basílica del Sagrado Corazón, concluyó en el albergue de la Caritas.
La basílica repleta de personas y el camino de los numerosos participantes por toda la calle, al menos doscientos, detuvieron el tiempo por algunos instantes. Y los rostros, tantas veces ignorados, de las personas sin hogar se convirtieron en presencia viva.
Monseñor Di Tolve: «Dios no rechaza a nadie»
El obispo auxiliar de la diócesis de Roma, que presidió la misa, indicó en su homilía cómo las personas sin hogar, a diferencia de lo que ocurre entre los seres humanos, nunca son olvidadas por Dios. «Como hizo Jesús, que fue rechazado a pesar de estar junto a los que sufrían —afirmó—, hoy nosotros tenemos el deber de ayudar al prójimo, de hacerle sentir acogido, a pesar de los muros y las piedras lanzadas por quienes se dan la vuelta».
El deseo de monseñor Di Tolve fue que todos puedan seguir el camino del Evangelio, de modo que los invisibles puedan convertirse en hermanos de todos y «todos nosotros cada vez más la Iglesia del amor de Dios».
Al término del Vía Crucis, que tuvo como última etapa el albergue de la Caritas, el obispo reflexionó sobre el camino de los fieles siguiendo las huellas de Cristo, que se dirige siempre hacia los últimos y los invisibles, subrayando además cómo la cruz, de instrumento de muerte, «se ha convertido en signo de esperanza gracias al amor total de Jesús y cómo también en el rechazo y en el sufrimiento, Cristo sigue acogiendo sin juzgar». Una muerte, la suya, que representa una paz universal fundada en el amor a toda la humanidad.
La emoción de los presentes
«En estos momentos comprendo que Cristo está conmigo y que existe una esperanza», fue el pensamiento de Pierluigi, un hombre de cincuenta y siete años huésped de la carpa, presente en el Vía Crucis. Con los ojos brillantes de emoción, confesó haberse sentido en casa al recorrer el camino, aunque solo por un instante, en este momento difícil de su vida. «Tengo muchos dolores a mis espaldas —fue su relato—, el más grande es haber perdido a una hija hace veinte años. Pero ahora tengo un nuevo sueño también en el signo de este Vía Crucis: poder volver a abrazar a mi familia y la paz, viendo lo que está pasando en el mundo».
Junto a él, Ahmed, musulmán, que comparte con Pierluigi los espacios de la estructura, quien relató su emoción, en la iglesia, al escuchar las palabras de monseñor Di Tolve: «Estaba en la casa de Dios, lo sentía, y allí encontré muchos hermanos».
Historias de desesperación y de redención, de caída y de resiliencia. Como también las de Edomwonyi y Paulo, nigeriana ella y sudamericano él, ambos sin hogar. Ambos encuentran «refugio y una luz» en la solidaridad de la Caritas y afirman haber «sentido la cercanía de la ciudad con esta celebración». Así como un anciano huésped del albergue «Di Liegro» que, como relató la coordinadora de la casa de la Caritas, Luana Melia, «a pesar de la enfermedad, al final participó: estaba seguro de que el Señor le daría la fuerza de sostener la cruz aunque fuera solo por unos minutos».
Un signo concreto
Al concluir el camino, lo que quedó no fue solo el recuerdo de una celebración, sino el signo concreto de un encuentro. En una calle demasiadas veces atravesada con indiferencia, por una noche los «invisibles» tuvieron un nombre, un rostro, una historia compartida. El Vía Crucis se convirtió así en experiencia viva, capaz de unir sufrimientos diversos bajo el mismo horizonte de esperanza. Y mientras las luces volvían a iluminar via Marsala y los pasos retomaban su ritmo cotidiano, permanecía una silenciosa conciencia: allí donde el hombre se detiene y reconoce al otro, también el dolor puede transformarse en fraternidad.
Un Vía Crucis, el de los Invisibles, que «quiso mostrar el rostro de la misericordia de Dios hacia los más desfavorecidos, hacia esas ovejas heridas y perdidas que Él viene a buscar y pone en primer lugar», concluyó, expresando bien el sentido de la celebración, el padre Javier Ortiz Rodríguez, salesiano y párroco de la basílica del Sagrado Corazón.
Fuentes: Vatican News, Roma Sette