RMG – “Los amó hasta el fin”. La misa “in coena Domini” del Rector Mayor en el Sagrado Corazón de Jesús

El lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía y el hecho mismo de que todo esto ocurra en la hora de la traición y del fracaso humano han sido los tres núcleos desmenuzados por el XI Sucesor de Don Bosco.

En primer lugar, ha sometido a la atención de los fieles que llenaban la basílica salesiana el acto de “profunda humildad” del lavatorio de los pies, gesto normalmente reservado a los esclavos de más baja categoría. El padre Attard ha subrayado cómo el gesto de Jesús, que se ciñe la toalla y se inclina sobre los discípulos, revela el verdadero rostro de Dios: un Dios que se abaja, que sirve y que abraza a la humanidad herida.

La natural resistencia de Pedro, bien visto, representa pues la natural renuencia humana a aceptar que las propias fragilidades encuentren cura. “Preferimos presentarnos ante Dios con los pies limpios, con las manos puras, con una vida ordenada. Pero Jesús no espera que nos limpiemos solos: viene a lavarnos allí donde estamos sucios” ha comentado el padre Attard.

Después del lavatorio de pies, que anticipa simbólicamente la cruz, el segundo movimiento es el del don sublime de la eucaristía, “la forma definitiva del Amor de Dios: no un recuerdo, sino una presencia; no un símbolo, sino el memorial, el don real de sí”.

En la circunstancia el Rector Mayor ha subrayado no solo la radicalidad de esta entrega total, sino también la realidad simbólica del pan y del vino, elementos frágiles en los que Dios acepta residir para ser llevado “a los lugares más oscuros del mundo”, en una dinámica de perenne donación.

Finalmente, el padre Attard ha remarcado un aspecto demasiadas veces poco subrayado de la escena de la Última Cena, es decir el paradoja de que ella ocurra en el contexto que humanamente representa un fracaso total: Judas ya está decidido a traicionar, Pedro, a pesar de las buenas intenciones, lo renegará, y los otros discípulos, a excepción de Juan, lo abandonarán en masa.

Pero Jesús “No espera discípulos mejores o una humanidad más digna. No pospone a cuando las condiciones sean favorables… Porque la eucaristía no es el premio de los justos: es la medicina de los heridos”. Y es precisamente esta circunstancia la que hace manifiesto el verdadero valor de la eucaristía, que transforma el fracaso en gracia “no porque ignore el mal, sino porque lo transfigura”.

He aquí por qué, ha concluido el padre Attard, el amor “hasta el fin” del Señor es el inicio de nuevos e infinitos caminos posibles para toda la humanidad.

La celebración ha proseguido luego con el rito del lavatorio de los pies, durante el cual el padre Attard ha lavado los pies a doce feligreses, representativos de diferentes estados de vida: dos pobres, dos jóvenes, dos religiosos, dos catecúmenos, dos chicos de los grupos de catequesis y una pareja.

Finalmente, con la procesión del Santísimo hacia el altar de la reposición, ha iniciado el largo tiempo de adoración y de acompañamiento del Señor hacia la segunda etapa del triduo pascual, la celebración de su Pasión y Muerte el Viernes Santo, en vista de la plenitud de la Resurrección en el día de Pascua.

Al final de la página está disponible el texto de la homilía del padre Attard.

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