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20 abril 2026
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Angola – El llamado de León XIV por un país constructor de justicia y de paz: «¡Angola, permanece fiel a tus raíces cristianas!»

El Santo Padre aterrizó en la ciudad a las 9:16 hora local. Con entusiasmo, niños y adultos lo saludaron agitando pañuelos blancos y levantando los brazos, frente a pequeñas casas humildes y barracas, separadas por calles de tierra polvorientas. El primer compromiso fue en una casa de acogida para ancianos, una estructura financiada por el gobierno que alberga a unos…

El Santo Padre aterrizó en la ciudad a las 9:16 hora local. Con entusiasmo, niños y adultos lo saludaron agitando pañuelos blancos y levantando los brazos, frente a pequeñas casas humildes y barracas, separadas por calles de tierra polvorientas.

El primer compromiso fue en una casa de acogida para ancianos, una estructura financiada por el gobierno que alberga a unos sesenta hombres y mujeres, enfermos, abandonados o maltratados por sus familias con la acusación de brujería. León permaneció allí poco menos de una hora, saludando a todos los presentes, escuchando sus testimonios y asistiendo a cantos y bailes. «Las personas mayores no solo deben ser atendidas, sino ante todo escuchadas, porque custodian la sabiduría de un pueblo» fue el pasaje central de su discurso, acogido con satisfacción y emoción por todos los huéspedes y los operadores del centro.

Pero no solo eso: el papa Prevost dejó otros mensajes: «Me gusta pensar que Jesús habita también aquí, en esta casa», aseguró el papa. «Sí, Él mora en medio de vosotros cada vez que buscáis amaros y ayudaros mutuamente como hermanos y hermanas». Y además, con el pensamiento dirigido a las autoridades angoleñas, a modo de exhortación: «El cuidado de las personas frágiles es un signo muy importante de la calidad de la vida social de un país».

Tras este compromiso, al dejar la tranquila casita en las afueras, comenzó el recorrido en papamóvil hacia la explanada preparada para la misa, con una breve parada en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción para un momento de oración y adoración del Santísimo Sacramento.

Nada más llegar a la explanada se elevaron cantos y aplausos, aún más estruendosos cuando el vehículo del pontífice dio una vuelta entre los fieles resguardados bajo paraguas. Eran cuarenta mil los que festejaban y se recogieron cuando comenzó la celebración, mientras fuera del área habilitada había otras veinte mil personas.

En la homilía de la misa, el papa comentó el pasaje del Evangelio de Juan sobre la distribución abundante del «pan de la vida» y explicó cuán diferente es la lógica del mundo, consagrada al «consumo de objetos», de la lógica generosa y llena de amor que Cristo tiene para con la humanidad: «Nos educa en el modo correcto de buscar el pan de la vida».

Por ello denunció: «Vemos hoy, en efecto, que muchos deseos de la gente son frustrados por los violentos, explotados por los prepotentes y engañados por la riqueza. Cuando la injusticia corrompe los corazones, el pan de todos se convierte en posesión de pocos».

Para el papa cualquier dinámica que obstaculice la fraternidad creada por el Redentor se opone a la de la Resurrección: «Toda forma de opresión, violencia, explotación y mentira niega la resurrección de Cristo, don supremo de nuestra libertad».

Pero ante estos males, el ancla de salvación es siempre Jesús, y el Santo Padre lo recordó con claridad: «Cristo escucha el clamor de los pueblos y renueva nuestra historia: de cada caída nos levanta, en cada sufrimiento nos consuela, en la misión nos alienta».

Por ello, al final de la homilía, lanzó una invitación a toda la Iglesia nacional: «La Iglesia en Angola crece según esa fecundidad espiritual que comienza en la eucaristía y continúa en el cuidado integral de cada persona y de todo el pueblo». Y posteriormente, antes de abandonar la explanada, envió un nuevo aliento a los católicos del país: «¡Angola, permanece fiel a tus raíces cristianas! Así podrás seguir aportando, cada vez mejor, tu contribución a la construcción de la justicia y de la paz en África y en el mundo entero».

Al caer la tarde, el Santo Padre regresó a la capital del país, Luanda, donde, en la parroquia Nuestra Señora de Fátima, se reunió con obispos, clero, religiosos y operadores pastorales. Destacó el coraje de la Iglesia angoleña en «denunciar el flagelo de la guerra», pero también advirtió: «¡Este compromiso no ha terminado!».

Exhortó además a contribuir a una sociedad fundada en la libertad y la equidad, y subrayó el valor de los catequistas, «inspiración para las comunidades católicas en cada parte del mundo». Luego reafirmó la necesidad de «iluminar a los fieles», valorando la formación permanente y velando por la coherencia de vida, pero sobre todo en estos tiempos, perseverando «en el anuncio de la Buena Nueva de la paz».

Y sin olvidar una advertencia sobre la «peligrosa ilusión de la superstición», remarcó la importancia de la comunión y del servicio, con palabras que no dejan lugar a interpretaciones: «Alimentad la fraternidad entre vosotros con franqueza y transparencia, no cedáis a la prepotencia y a la autorreferencia, no os alejéis del pueblo, especialmente de los pobres, rehuid la búsqueda de privilegios».

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