Sobre la base de su experiencia en los trabajos del Sínodo de los Obispos y en las Asambleas del Camino sinodal de las Iglesias en Italia, sor Yvonne esbozó los rasgos marianos de la sinodalidad, partiendo de la escucha. «Personas procedentes de los cuatro rincones del planeta —relató— con grandes diferencias culturales y de experiencia, han sido capaces de escucharse sin prejuicios». Una actitud que recuerda a María en la Anunciación y en las bodas de Caná: una escucha mansa, silenciosa, confiada y compasiva.
De la escucha nace el discernimiento, segundo gran rasgo mariano y sinodal. «La Iglesia en camino busca la voluntad de Dios sobre todo en el compartir», subrayó. Al igual que María, que tras la Anunciación se pone en camino hacia Isabel, así la Iglesia está llamada a acercarse al otro. El discernimiento auténtico, añadió, crece en la escucha de todas las voces, incluso de las más distantes o incómodas: «Cuanta más diferencia hay, más rico es el discernimiento». Son fundamentales la confianza recíproca y la conciencia de que Dios se manifiesta en las relaciones.
Por último, María es modelo de corresponsabilidad. En las bodas de Caná involucra a los sirvientes («Haced todo lo que él os diga»), al igual que Jesús involucra a los discípulos en la distribución de los panes. «La Iglesia sinodal somos nosotros», afirmó sor Yvonne, recordando que todo bautizado está llamado a ofrecer su contribución.
La velada fue también una ocasión para conocer más de cerca el servicio eclesial realizado por sor Yvonne, quien expresó su gratitud por haber tenido «el mundo como hogar» durante sus años de gobierno. Particularmente incisiva fue su larga experiencia en África Central, donde aprendió la paciencia de la escucha y tocó de cerca una pobreza profunda, pero también una extraordinaria capacidad de alegría y acogida. Una riqueza humana y espiritual que, según señaló, hay que custodiar y valorizar.
Por último, sor Yvonne señaló en la Familia Salesiana uno de los signos concretos de la sinodalidad vivida: consagradas, consagrados y laicos que caminan juntos en la misión. «La sinodalidad es exigente y no produce resultados inmediatos —concluyó—, pero es el camino trazado por el Espíritu Santo. Con la ayuda de María, debemos recorrerlo con confianza y perseverancia».



