Antes de llegar a la Sagrada Familia, el papa León XIV visitó el centro penitenciario Brians 1 y rezó el Rosario en la Abadía de Nuestra Señora de Montserrat, complejo monástico benedictino a unos cincuenta kilómetros de Barcelona, que custodia en su interior la estatua de la Virgen de Montserrat, llamada también La Moreneta, proclamada patrona de Cataluña en 1881 por el papa León XIII. Después, participó en el encuentro con las realidades de caridad y asistencia diocesanas en la iglesia de San Agustín.
Desde allí, el Pontífice se dirigió a la Sagrada Familia, donde “todo es providencial”, como solía repetir Antoni Gaudí, “el arquitecto de Dios”. Estas palabras describen bien el alma de esta imponente obra con sus dieciocho torres, una verdadera catequesis figurativa, expresión de una fe que se hace piedra y formas, tramas y colores, luz y profundidad del espacio.
Durante la misa, el papa León XIV volvió a lanzar un llamamiento a la paz y a la acogida, subrayando que quien cree no puede matar inocentes ni “abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”.
“No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”
Después, al saludar al rey Felipe VI y a la reina Letizia, que lo recibieron junto al presidente del Gobierno español Pedro Sánchez, las autoridades políticas y eclesiásticas, el Papa destacó que esta Basílica abre “sus puertas como si fueran sus brazos para invitar a cada uno a este altar, a escuchar la Palabra de Dios. Es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la Eucaristía. Así es com la ciutat comtal y toda Cataluña se reúnen en este templo, signo también de unidad y de concordia, y alzan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre, resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo”.
Tras la misa, el papa León XIV dio inicio a la inauguración de la Torre de Jesús, la nueva torre que convierte a la Sagrada Familia en la iglesia más alta del mundo con sus 172,5 metros. Un récord que no quiere ser signo de competencia, sino un referente espiritual significativo en una sociedad erosionada por un secularismo creciente.
El proyecto fue presentado por Valentina, una niña no vidente, una de las novedades más sorprendentes del evento. La niña explicó al Papa su experiencia de “mirar” hacia lo alto de la torre. Lo hizo compartiendo sus sensaciones al tocar una maqueta de la misma.
La iniciativa es de la asociación Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE), líder en España en la ayuda a las personas con discapacidad visual. La niña, invitada por la Reina a describir el proyecto arquitectónico, lo exploró con un movimiento ascendente y reveló sus detalles, destacando los motivos inspiradores de Gaudí.
Al finalizar la misa, la procesión de los concelebrantes se dirigió hacia la tribuna exterior a través de la escalinata de la fachada de la Natividad, orientada al este, hacia el sol naciente. Desde allí, desde esa perspectiva que expresa la alegría de la vida, se pudo admirar un espectáculo de extraordinaria belleza. Unas ciento veinte mil personas seguían el evento en las áreas circundantes y a lo largo del recorrido mediante pantallas gigantes, mientras que nueve mil fieles participaron en la misa, dentro y fuera de la basílica. Desde una plataforma frente a la tribuna, el Papa, en presencia de las principales autoridades, bendijo oficialmente la torre, donde, en el interior de la cruz, está suspendido el Agnus Dei, obra del escultor italiano Andrea Mastrovito.
Desde Barcelona, el Pontífice se trasladará ahora a Canarias, última etapa de su viaje. Se trata de una etapa fuertemente deseada por el papa León, que quiere llevar allí su cercanía a la población de estas islas que, de destino turístico por excelencia, se han convertido en el transcurso de cinco años en escenario de tragedias migratorias con la llegada de miles de personas a lo largo de la conocida “Ruta Atlántica”.



