Y de paz habló el Pontífice durante el encuentro en la Catedral de San José: un momento de gran intensidad marcado por cantos y sobre todo por el entusiasmo de los fieles, quizás aún incrédulos de que León XIV haya elegido también Bamenda como etapa de su viaje a Camerún. La participación es grande, entre los bancos divididos en sectores multicolores están presentes diferentes actores de esta sociedad marcada por la pobreza y la destrucción. Representantes de las iglesias protestantes, de la religión islámica, sacerdotes, religiosos, catequistas y fieles de los grupos lingüísticos escuchan las palabras del Pontífice en un clima de fraternidad, sostenido por la tregua decretada por los grupos separatistas con ocasión de su visita. El signo tangible de la necesidad y del deseo de oír palabras de consolación y de paz en una “región martirizada”, la define León, una comunidad abatida “por el dolor” que sin embargo, nunca abandonada por Dios, puede recomenzar.
Bienaventurados quienes trabajan por la paz
La persecución y el sufrimiento no hacen distinción entre religiones, razas, lenguas y colores, todos están traumatizados, con la necesidad de sanación psicológica y espiritual. Lo indican los testimonios propuestos al Papa, que elogia la obra del Movimiento por la paz animado por las comunidades cristianas y musulmanas en el intento de “mediar entre las partes adversas”. Son ellos quienes llevan el anuncio de paz al mundo entero, a pesar de los intentos de instrumentalizar las religiones.
¡Bienaventurados los operadores de paz! Ay, en cambio, de quien dobla las religiones y el mismo nombre de Dios a sus objetivos militares, económicos y políticos, arrastrando lo santo a lo más sucio y tenebroso. Sí, queridos hermanos y hermanas, vosotros hambrientos y sedientos de justicia, vosotros pobres, misericordiosos, mansos y puros de corazón, vosotros que habéis llorado sois la luz del mundo!
Los señores de la guerra
El mandato de ser “aceite que se derrama sobre las heridas humanas” viene confiado por León XIV precisamente a los pobres, con la indicación de no perder jamás su identidad, continuando a ser “la sal que da sabor a esta tierra”, haciendo tesoro de lo que se ha compartido “en la hora del llanto”.
Y está luego la “inmensa labor” de sostén a quien ha sido víctima de violencia. El Papa se dirige a las mujeres, laicas y religiosas, que llevan adelante esta obra de acompañamiento, a pesar de los riesgos que se corren en una tierra donde “los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, pero a menudo no basta una vida para reconstruir”.
Fingen no ver que se necesitan miles de millones de dólares para matar y devastar, pero no se encuentran los recursos necesarios para sanar, educar, levantar. Quien saquea vuestra tierra de sus recursos, generalmente invierte en armas buena parte de las ganancias, en una espiral de desestabilización y de muerte sin fin.
El llamamiento a la unidad
Toda Bamenda, herida, se confía al Papa, para que se logre escribir la palabra fin a este conflicto, y volver a vivir una paz duradera. León indica por tanto la necesidad de cambiar de rumbo, porque este es el momento de hacer un “cambio de ciento ochenta grados”, es esta la ocasión para “toda conciencia honesta” de “denunciar y repudiar” tomando el camino de la sostenibilidad “y de la fraternidad humana”. El llamamiento es a la unidad de un pueblo que se mire a los ojos, con la consciencia de ser “inmenso” frente a un mundo “destruido por unos pocos dominadores” y sostenido “por una miríada de hermanos y hermanas solidarios”.
La paz no hay que inventarla: hay que recibirla, recibiendo al prójimo como hermano y como hermana. Nadie elige a sus hermanos y a sus hermanas: ¡solo debemos acogernos! Somos una sola familia y habitamos la misma casa, este maravilloso planeta del que las antiguas culturas durante milenios se han cuidado.
Una revolución silenciosa
León XIV se despide de Bamenda confiando a su pueblo la tarea de reconciliarse y servir, unidos, a la paz, “cada uno en su propia vocación”. Las comunidades de Bamenda, que en él ven un embajador de reconciliación y un promotor de justicia y que en el tiempo han dado testimonio de una “revolución silenciosa”, son invitadas a continuar recorriendo aquel mismo camino que, a pesar de todo, hasta ahora ha evitado que la crisis degenerara en una guerra.
El vuelo de las palomas
En el atrio de la Catedral de San José, papa León, al final del encuentro por la paz, reitera que “el Señor nos ha elegido a todos como obreros portadores de paz en esta tierra!”, invitando luego a rezar: “Mientras liberamos estas palomas blancas, símbolo de paz – son sus palabras –, la paz de Dios descienda sobre todos nosotros, sobre esta tierra, y nos mantenga a todos unidos en su paz”.
Fuente: Vatican News
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