La bebida de plátano y huesos de muerto
La aventura comienza con un coeficiente de dificultad muy alto. «Al aterrizar en Manaos, subí a una embarcación donde me entregaron un rollo que nunca había visto antes: era una hamaca», cuenta. Por la noche la desplegó para dormir a bordo. «En el almuerzo y en la cena se comía lo que se pescaba, incluso tortugas», dice. Antonio lleva consigo una Paillard, cámara de cine de cuerda con tres lentes ópticas, que empuña para filmar la vida de la población yanomami. «Vivían casi completamente desnudos en cabañas en el bosque. Al principio huían ante la cámara, luego tomé algunas polaroids y se las mostré a los niños: quedaron fascinados, no paraban de tocarlas incrédulos». En la Amazonia, Antonio Saglia vive una de las experiencias más singulares. «Me encontraba mal y me dieron una bebida tradicional dentro de un coco – recuerda –. Descubrí que entre los ingredientes había huesos pulverizados de un yanomami fallecido y plátano».
Los leprosarios en India
Los primeros viajes son solo en verano, cuando la escuela está cerrada. Luego, a mediados de los años noventa, Antonio se jubila y visita aún más misiones: «Habré rodado unos setenta documentales», dice. La mayoría ha sido digitalizada y hoy se conserva en el Centro Experimental de Cinematografía – Archivo Nacional del Cine Industrial de Ivrea. África, Antonio la ha visitado prácticamente entera, «sin contraer nunca la malaria», quedando encantado con las danzas tribales de poblaciones con ropajes muy coloridos. La experiencia más impactante llega sin embargo en India, cuando entra en los leprosarios. «Ver esas miradas y esas expresiones desfiguradas fue terrible. Quizás la escena más conmovedora de todos mis viajes».
Naufragio en Papúa Nueva Guinea
No hay rincón del planeta, por remoto que sea, adonde el hermano Saglia no haya llegado. Se aventuró incluso en las ciudadelas controladas por los narcos en Colombia: «Los militares nos advertían de que no fuéramos, pero los misioneros eran respetados incluso por los delincuentes».
En su «peregrinación» tiene la fortuna de admirar paisajes naturales que quitan el aliento: «Por encima de todos, el cruce del estrecho de Magallanes, en la Tierra del Fuego entre Chile y Argentina. Pero también la isla de los lémures en Madagascar, nunca había visto un mar tan cristalino». Las peripecias, en cuarenta y cinco años de vuelta al mundo, obviamente no faltan. Como aquella vez en que naufragó en Papúa Nueva Guinea: «Se rompió el motor de la barca y no teníamos teléfonos para dar la alarma. Tras una noche a la deriva, nos socorrieron algunos papuanos que, sin embargo, no encontraban nuestra isla. Llegamos a ella después de muchas horas y no poco sobresalto».
Los avances femeninos
Como todos los coadjutores, los laicos salesianos queridos por Don Bosco, Antonio Saglia ha hecho voto de castidad y pobreza. Esto no le ha impedido recibir avances, obviamente rechazados, en su recorrido por el mundo. El más descarado en Belém, en la Amazonia brasileña, cuando una joven cerca de un río le guiña el ojo: «Me encantaría tener un hijo contigo». En Corea del Sur el cortejo tiene lugar durante una danza tradicional: «Una joven me puso en el bolsillo un carillón con su foto dentro», cuenta sonriendo. Luego, la joven coreana comenzó a escribirle algunas cartas, que el misionero traducía: «Entre los párrafos aparecía con frecuencia la palabra ‘Censurado'», sonríe.
El último viaje y la lección aprendida
En 2015, cuarenta y cinco años después del primero, llega el último viaje: un recorrido por varias misiones en África. En esas tierras aprendió a ser optimista y aún guarda los sonrisas de los niños: «No tienen nada y son felices, mientras nosotros nos perdemos en mil tonterías, con la mirada siempre inclinada sobre los smartphones«.
Fuente: La Stampa



