Entre ellas destaca el Bosco Gramin Vikas Kendra (BGVK) en India, cuyo trabajo silencioso pero transformador está reescribiendo la historia del agua en las regiones propensas a la sequía de Ahmednagar y Beed, en Maharashtra. En estas zonas de sombra pluviométrica, el agua nunca se ha dado por sentada. Cada verano trae consigo una pregunta inquietante: ¿quién permanecerá, qué sobrevivirá y cuánto tiempo podrá durar la esperanza? Para los agricultores marginados como Murlidhar, en otro tiempo el monzón lo determinaba todo. Una temporada fallida significaba migración; dos significaban deudas. El agua no era una certeza, sino una apuesta.
Hoy, esa historia está cambiando. «Ahora la tierra escucha, ahora el agua ha regresado», dice, mientras aprieta entre sus dedos la tierra fértil. Su testimonio refleja una transformación hecha posible por más de treinta años de intervención constante y centrada en la comunidad por parte de BGVK.
Lo que comenzó a finales de los años ochenta como una intervención en cuencas hidrográficas en algunas zonas de Ahmednagar se ha extendido ahora a doce distritos de Maharashtra, llegando a cincuenta y seis pueblos y teniendo un impacto directo en más de 48.000 personas de 8.406 familias. A través de intervenciones de desarrollo de cuencas hidrográficas que cubren 20.218 hectáreas, el BGVK ha construido un modelo arraigado en la sostenibilidad, la participación y la apropiación local.
Gracias a la construcción de terraplenes y diques de contención, estanques agrícolas, depósitos para percolado y aguas residuales y zanjas de contención continuas, la iniciativa ha permitido que el agua de lluvia recargue los acuíferos agotados y restaure el equilibrio ecológico. El agua ya no se considera una necesidad aislada, sino el fundamento de la vida, de los medios de subsistencia y de la resiliencia a largo plazo.
Los resultados van mucho más allá de la restauración ambiental. Con el aumento de los niveles de aguas subterráneas y la estabilización de la agricultura, la migración estacional ha disminuido de manera significativa. Las familias que antes abandonaban sus pueblos en busca de supervivencia ahora permanecen en su tierra con renovada confianza. El aumento de la productividad agrícola ha permitido a los padres invertir en la educación de sus hijos, abriendo puertas que antes parecían cerradas. Las viviendas temporales están siendo gradualmente reemplazadas por casas permanentes – señales visibles de estabilidad y dignidad recuperada.
También desde el punto de vista ecológico el cambio es evidente. Los cursos de agua estacionales fluyen ahora durante períodos más largos y las tierras que antes se limitaban a monocultivos ahora sostienen ciclos de cultivo múltiples. Los agricultores están diversificando la producción hacia la horticultura, la producción láctea y actividades relacionadas, reforzando tanto la seguridad de los ingresos como la resiliencia climática.
Con motivo del Día Mundial del Agua, los paisajes de Ahmednagar y Beed ofrecen así un testimonio poderoso. Cuentan una historia no de abundancia repentina, sino de resiliencia pacientemente reconstruida. De agua que no llega solo como alivio temporal, sino que permanece como una promesa duradera.
Porque cuando el agua regresa, hace mucho más que llenar los pozos. Restaura los medios de subsistencia, renueva la dignidad y da a las familias el valor de imaginar un futuro que no se secará con el cambio de las estaciones.



