El primer y más concreto desafío de la misión es la propia geografía: el viaje de Macapá a Oiapoque, a causa de los aproximadamente ciento treinta kilómetros de camino sin asfaltar, en este período de invierno amazónico caracterizado por lluvias continuas, requiere de diez a once horas de recorrido. Este arduo itinerario es el primer testimonio de la resiliencia necesaria para mantener la presencia de la Iglesia en el extremo norte del país.
Pero es la diócesis de Macapá en sí la que representa un gran desafío logístico, pues comprende todo el vasto territorio del Estado de Amapá. En este escenario de inmensa extensión, el trabajo de la Iglesia Católica se extiende a decenas de municipios, alcanzando comunidades aisladas, pueblos indígenas, comunidades tradicionales quilombos y cientos de familias ribereñas. La intensidad del trabajo no se mide solo en kilómetros, sino en la diversidad de los pueblos a los que debe llegar el mensaje del Evangelio.
La agenda del obispo salesiano fue un fiel retrato de las urgencias pastorales. No se limitó a visitar comunidades urbanas, sino que se adentró en las periferias, observando de cerca los dramas habitacionales causados por la migración, con muchas personas atraídas por la ilusión del desarrollo, como la promesa del petróleo.
El obispo dedicó tiempo a conocer el Consejo Pastoral Parroquial (CPP), celebró la eucaristía y administró confirmaciones, pero su enfoque estaba dirigido a la visión futura, en particular al desarrollo de una nueva Área Misionera.
«Este movimiento de reconfiguración pastoral es urgente. Oiapoque, en apenas dos años, ha visto el nacimiento de siete nuevos barrios (asentamientos informales), un crecimiento demográfico rápido que exige que la Iglesia se reorganice en todas sus dimensiones. La creación de Áreas Misioneras es una respuesta teológica y pastoral vital. Refleja la eclesiología de la ‘Iglesia en salida’, un llamado para que la estructura eclesial vaya al encuentro de los nuevos ‘desiertos’ urbanos, garantizando que la inversión en la formación de líderes y en la adquisición de terrenos no deje a nadie atrás», explicó monseñor de Assis Ribeiro.
Acogida a los migrantes
En sus homilías y reuniones, el prelado salesiano animó a los responsables a desarrollar una nueva sensibilidad y un nuevo dinamismo, reforzando la necesidad de acoger a los migrantes y de invertir en la formación de nuevos líderes locales. Este es el camino para la sostenibilidad de la misión, un punto crucial, especialmente en las zonas más alejadas, como los pueblos indígenas y las comunidades quilombolas.
Respecto al gran movimiento migratorio hacia Oiapoque, causado por la esperanza de numerosas oportunidades de trabajo derivadas del petróleo, el obispo de Macapá expresó una reflexión crítica: «Sí, creo que habrá una gran oportunidad de inversiones y de desarrollo para el municipio y para el Estado. Sin embargo, el desarrollo humano depende de la calidad de la gestión de los recursos por parte de las autoridades. Por eso es necesario un plan preventivo contra la corrupción. En general, donde entra mucho dinero sin control, hay también corrupción generalizada y aumento de la miseria. Por tanto, es urgente apostar por la formación de administradores públicos con espíritu ético y por empresas socialmente responsables».
El acompañamiento en los pueblos y la semilla de la vocación
La evangelización y la catequesis de los pueblos indígenas constituyen un pilar central y delicado en el trabajo de la Iglesia en Amapá. En la diócesis de Macapá, la misión se extiende a grupos significativos como los Waiãpi, Palikus, Tiriyó, Galibi Marworno y Karipuna, entre otros.
El trabajo de la Iglesia en estos contextos trasciende la simple transmisión de la doctrina; es un acto de acompañamiento humano y cultural. En un escenario de crisis económica, como la provocada por el parásito que afecta la producción de mandioca y genera dependencia del apoyo gubernamental, la presencia católica ofrece un punto de referencia espiritual y de promoción de la dignidad, ayudando a recuperar el sentido de pertenencia comunitaria, que se pierde con la dependencia externa. Además, la Iglesia actúa con la esperanza de sembrar, descubrir y cultivar nuevas vocaciones locales. Formar líderes y catequistas indígenas significa garantizar que el mensaje del Evangelio sea anunciado y vivido por voces que portan la sabiduría y la identidad de sus propias etnias.
En cuanto a la evangelización, monseñor de Assis subrayó además: «El servicio de evangelización en todos los contextos humanos debe ser siempre pluridimensional. Aquí en Oiapoque, entre las etnias indígenas, debemos ciertamente estimular más el desarrollo de los liderazgos católicos; es necesario invertir en la ministerialidad de los laicos, considerando también la posibilidad de la ordenación de diáconos indígenas; finalmente, es necesario reflexionar con los jóvenes sobre la importancia del discernimiento vocacional, presentándoles la vocación a la vida consagrada, religiosa y sacerdotal».



