Don Bosco, hombre concreto y prudente, escribía: «Por todas partes se ven efectos extraordinarios producidos por esta confianza en María Auxiliadora» y afirmaba con serena certeza: «María Auxiliadora es la artífice de las gracias». Sigue siendo célebre su expresión: «Cada ladrillo correspondía a una gracia», para indicar cómo la propia Basílica había surgido a través de signos tangibles de la Providencia. Los hechos aquí presentados, extraídos de las Obras Publicadas (vol. XXVI) y de las Memorias Biográficas, constituyen una selección significativa de esa rica documentación.
En esta primera parte presentamos doce episodios documentados entre 1869 y 1875.
1. EL NIÑO QUE VIÓ LA LUZ (Turín, enero de 1870)
Giuseppe, de siete años, era ciego de nacimiento. Los médicos habían hablado sin vacilar: ceguera congénita, irreversible. La madre lo llevó a Valdocco y suplicó a Don Bosco. Tras la misa, el Santo bendijo una medalla de María Auxiliadora y la colocó sobre los ojos del niño, rezando en voz alta. Inmediatamente, los párpados temblaron: Giuseppe abrió los ojos y vio la luz, los rostros, a su madre. El médico, al que llamaron, certificó por escrito la curación completa e inexplicable desde el punto de vista científico.
Fuente: Memorias Biográficas vol. X / Obras Publicadas vol. XXVI
2. VEINTE AÑOS DE SILENCIO ROTOS EN UN INSTANTE (Turín, marzo de 1871)
Teresa, de 45 años, llevaba veinte años sorda a causa de una fiebre violenta. Una vecina le regaló una medalla procedente de Valdocco. Teresa la colocó bajo la almohada y rezó con fe sencilla. Al amanecer oyó claramente el tictac del reloj, la respiración de su marido, el canto de los pájaros. Tras dos décadas de silencio, el mundo volvió a tener sonido. El domingo siguiente asistió a la misa en Valdocco, escuchando al coro y al órgano. Don Bosco le dijo: «¡A Ella le gusta tanto ayudarnos!».
Fuente: Obras publicadas, vol. XXVI
3. LA DOBLE CURACIÓN: CIEGO Y MUDO (Alessandria, mayo de 1872)
Carlo, de 24 años, ciego y mudo de nacimiento, vivía totalmente dependiente de sus padres. La madre hizo una novena a María Auxiliadora prometiendo ir descalza a Turín en caso de obtener la gracia. Durante nueve días colocó la medalla sobre la frente de su hijo. El último día, Carlo pronunció «mamá» y, al mismo tiempo, abrió los ojos. Vio y habló en el mismo instante. La madre cumplió su voto, recorriendo descalza 70 kilómetros hasta Valdocco, donde el joven contó públicamente lo sucedido.
Fuente: Memorias Biográficas vol. XIII / Obras Publicadas vol. XXVI
4. LA GANGRENA que DESAPARECIÓ EN UNA NOCHE (Turín, diciembre de 1869)
Pietro, un albañil de 32 años, estaba ingresado con gangrena en la pierna; los cirujanos habían decidido amputarla a la mañana siguiente. Don Bosco se dirigió al hospital, colocó la medalla de María Auxiliadora sobre la parte necrótica y rezó: «Lo que los cirujanos no pueden hacer, Ella sabrá hacerlo». Al amanecer, la gangrena había desaparecido. Los médicos documentaron el caso por escrito. Pietro se curó por completo y, durante el resto de su vida, ofreció su trabajo gratuitamente a la Basílica.
Fuente: Memorias Biográficas, vol. X, 163 / Obras Publicadas, vol. XXVI
5. EL CÁNCER DE MAMA QUE DESAPARECIÓ (Vercelli, abril de 1873)
A Anna, una mujer de 40 años y madre de tres hijos, le habían diagnosticado un tumor maligno en el pecho, considerado incurable. Don Bosco le envió tres medallas bendecidas con la indicación de aplicarlas tres veces al día recitando tres Ave Marías. Su marido anotó los progresos: reducción del dolor, disminución de la hinchazón, desaparición progresiva del nódulo. Al cabo de diez días, el tumor ya no era palpable. El médico certificó la curación inexplicable. Anna vivió otros 35 años.
Fuente: Obras publicadas, vol. XXVI
6. LA BRONQUITIS GANGRENOSA CURADA AL INSTANTE (Turín, noviembre de 1870)
Domenico, de 19 años, agonizaba a causa de una bronquitis complicada con gangrena pulmonar. Había recibido la extremaunción. Don Bosco acudió rápidamente, colocó sobre el pecho del joven la reliquia de San Francisco de Sales y la medalla de María Auxiliadora, rezó y dijo: «¡Domenico, levántate!». El joven abrió los ojos, respiró con normalidad y se incorporó. El médico, al que se había llamado, constató que los pulmones estaban perfectamente sanos. Domenico se curó definitivamente y más tarde se convirtió en salesiano coadjutor.
Fuente: Obras publicadas, vol. XXVI
7. LA EPILEPSIA QUE NUNCA VOLVIÓ (Chieri, agosto de 1871)
Francesco, de 16 años, padecía epilepsia desde los ocho años, con crisis frecuentes y violentas. Llevado a Valdocco por su madre, rezó ante el altar de María Auxiliadora y recibió la medalla en la frente. Las crisis cesaron por completo. En 1879 escribió a Don Bosco confirmando que, tras ocho años, no se habían vuelto a presentar.
Fuente: Obras publicadas, vol. XXVI
8. EL MÉDICO INCRÉDULO CURADO Y CONVERTIDO (Turín, febrero de 1874)
El doctor Emilio Gardini, médico de Turín abiertamente escéptico respecto a los milagros, sufrió una fiebre grave con neumonía bilateral. En estado crítico, pidió que lo visitara Don Bosco, quien rezó y le colocó la medalla de María Auxiliadora. La fiebre cesó esa misma noche; en pocos días los pulmones se curaron. A la curación física le siguió su conversión y un compromiso público de fe.
Fuente: Memorias Biográficas, vol. XVI / Obras Publicadas, vol. XXVI
9. LA PARÁLISIS VENCIDA TRAS AÑOS DE INMOVILIDAD (Asti, junio de 1872)
Caterina, de 38 años, paralizada la mitad de su cuerpo, de su cintura para abajo, desde hacía diez años a raíz de un parto difícil, comenzó a ungirse diariamente con aceite procedente de la lámpara del altar de María Auxiliadora, según la indicación recibida. Al cabo de pocos días aparecieron signos de sensibilidad; en el plazo de unos meses volvió a caminar. Seis meses después se dirigió a pie a Valdocco para dar las gracias.
Fuente: Obras publicadas, vol. XXVI
10. LA SEÑORA SALVADA DE LAS LLAMAS (Turín, septiembre de 1870)
Luigia Ferrero se vio envuelta de repente por las llamas cuando una lámpara de aceite prendió fuego a su vestido. Con el fuego rodeándola, invocó a María Auxiliadora apretando contra su pecho la medalla que había recibido de Don Bosco. Las llamas se apagaron al instante. La ropa quedó carbonizada, pero su cuerpo permaneció intacto, sin quemaduras. El médico, llamado inmediatamente después, declaró el hecho inexplicable. Luigia atribuyó públicamente su salvación a la intercesión de María Auxiliadora.
Fuente: Obras publicadas, vol. XXVI / Memorias biográficas, vol. XV
11. EL ALBAÑIL QUE CAYÓ DESDE EL CUARTO PISO ILESO (Turín, mayo de 1868)
Giuseppe Baratta, albañil de 29 años, se precipitó desde el cuarto piso de un andamio en Turín. Durante la caída invocó a María Auxiliadora, cuya medalla llevaba consigo. Los presentes esperaban una muerte inmediata; en cambio, lo encontraron consciente y ileso. El médico constató la ausencia de fracturas o contusiones, calificando el resultado de incomprensible. Giuseppe atribuyó su salvación a la protección de María y continuó trabajando con devoción en la construcción de la Basílica.
Fuente: Memorias Biográficas vol. XVI / Obras Publicadas vol. XXVI
12. LA TORMENTA DETENIDA SOBRE EL VIÑEDO (Monferrato, julio de 1871)
El 15 de julio de 1871, una violenta granizada devastó los campos de Monferrato. Michele Rossi, un devoto campesino, había colocado una medalla de María Auxiliadora en el límite de su viñedo, rezando por la protección de la cosecha. Durante la tormenta, el granizo destruyó todos los campos circundantes, pero se detuvo exactamente en el límite de su propiedad. El viñedo quedó intacto. El hecho fue atestiguado por testigos y comunicado a Don Bosco como señal de protección extraordinaria.
Fuente: Obras publicadas, vol. XXVI
Los doce episodios aquí recogidos, comprendidos entre 1868 y 1875, muestran un hilo conductor claro: la confianza sencilla y concreta en la intercesión de María Auxiliadora. Curaciones de enfermedades consideradas incurables, protecciones ante peligros mortales, conversiones inesperadas: cada relato converge en un mismo elemento: la invocación confiada y la mediación de Don Bosco.
Para Don Bosco, estos hechos no eran un espectáculo ni una búsqueda de lo prodigioso: eran signos pastorales, destinados a fortalecer la fe del pueblo y a recordar que María sigue actuando en la vida de sus hijos, y que no solo cura los cuerpos o salva de los peligros, sino que renueva los corazones, devuelve la esperanza y conduce a Dios.