La intensa jornada del lunes 8 de junio de 2026 para el papa León comenzó con un coloquio de unos veinte minutos con el Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, recibido por el Pontífice en el Vaticano pocos días antes de su viaje. Los temas del encuentro permanecieron privados, pero con ocasión del primer encuentro entre ambos, el pasado 27 de mayo, la Oficina de Prensa vaticana había señalado tanto “cuestiones de interés común, como la necesidad de favorecer un diálogo fructífero entre la Iglesia local y las autoridades gubernamentales, así como entre los diversos componentes de la sociedad civil, basado en el respeto mutuo y orientado a la promoción del bien común”, como “temas de carácter internacional, con especial referencia a las repercusiones de los conflictos en el mundo, a las migraciones, a la importancia del multilateralismo y del respeto del derecho internacional, así como a la urgencia de un compromiso constante en favor de la paz”.
Posteriormente, el Santo Padre se dirigió al Congreso de los Diputados, sede de la vida institucional, jurídica y democrática del país, para el encuentro con los miembros del Parlamento español. Ante unos quinientos parlamentarios y senadores, León XIV – primer Sucesor de Pedro en tener esta oportunidad – pronunció un amplio discurso que mantuvo siempre en el centro la dignidad humana, como brújula de referencia para toda acción política.
Fueron numerosos los temas abordados: desde la paz, no solo como “aspiración política”, sino como “verdadera exigencia moral”; hasta la seguridad, que nace “de la justicia, del diálogo paciente, del respeto del derecho internacional y de una política capaz de anteponer la vida de los pueblos a los intereses que obtienen beneficio de la guerra”; desde la familia, “fundamento natural de la comunidad” y “escuela de humanidad” donde se aprende “la gramática elemental de la convivencia”; hasta los peligros de la “cultura del descarte” – citando al papa Francisco – que a menudo afectan a las personas más frágiles: la vida naciente, los ancianos y los migrantes.
“Cada vida humana debe ser reconocida y protegida desde la concepción hasta su fin natural, en toda circunstancia de su existencia”, afirmó el Papa. “Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”.
Al mismo tiempo, al hablar del fenómeno migratorio, invocó un enfoque múltiple, capaz de “ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y reales posibilidades de integración” para quienes emigran; y promover, al mismo tiempo, “el derecho a permanecer en su propia tierra, trabajando para que nadie deba abandonar su hogar por falta de paz, de seguridad o de condiciones de vida dignas, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática”.
Por último, al alzar la mirada hacia las pinturas que decoran el Aula de Sesiones, algunas de las cuales evocan el Evangelio, el Sucesor de Pedro reafirmó que “los pobres pertenecen plenamente a la comunidad”, “el extranjero debe ser acogido según su dignidad” y “nunca la vida humana puede ser tratada como una mercancía”.
Por la tarde, al encontrarse con los obispos de la Conferencia Episcopal Española, León XIV exhortó a continuar el camino sinodal emprendido y a abrirse al diálogo con todos, mediante un “proceso de escucha profunda” orientado a “reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial”, en un proceso que sepa conjugar “prudentemente libertad y valentía”.
Asimismo, invitó a los prelados a crear realidades capaces de comunicar su experiencia de fe y a construir comunión, sanando fracturas y acompañando al Pueblo de Dios, especialmente prestando atención a quienes “viven momentos de oscuridad” y a “aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidar de ellos, incluso por miembros del clero”.
Antes de concluir su discurso, el Pontífice señaló a “san Juan de Ávila, patrono del clero español”, de quien este año se recuerda el quinto centenario de la ordenación sacerdotal, como ejemplo de esa “vida sacerdotal que todo obispo está llamado a custodiar y hacer crecer en su presbiterio”.
Y precisamente para dar concreción a sus palabras de atención hacia todos, y en particular hacia los más heridos, en la Nunciatura Apostólica en Madrid que lo acogió en estos primeros días del viaje apostólico, el Santo Padre mantuvo un diálogo privado de aproximadamente una hora, marcado por la escucha y la cercanía, con seis personas que han sufrido abusos por parte del clero, quienes presentaron algunas propuestas “para hacer más eficaz la respuesta de la Iglesia a casos tan dramáticos”.
En la penúltima etapa de su intensa jornada, rezando ante la Virgen de la Almudena, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, León XIV recordó el “derrumbe milagroso” del nicho en el que había sido escondida la imagen de María para preservarla durante la dominación árabe, que volvió así a ser venerada por su pueblo, y lo interpretó como una metáfora válida también hoy: el mundo no debe limitarse a apuntalar o ignorar las barreras, sino estar dispuesto a abrir espacios para restablecer posibilidades y “vislumbrar el horizonte”.
Por último, en el encuentro con la comunidad diocesana de Madrid, en el estadio del Real Madrid, “Santiago Bernabéu”, León XIV dialogó con los cristianos de la ciudad, preguntándoles de manera provocadora si “lo que somos y hacemos como cristianos” llega al corazón de la ciudad. Por ello, exhortó a “aprender nuevamente el arte espiritual de la atención”, confiando en que “se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta”.



