En el encuentro de León XIV con los diecisiete mil que ofrecieron su tiempo para la visita en la capital española, el Pontífice escuchó las voces de gratitud de quienes se comprometieron para el buen desarrollo de todo; como la de Mercedes, que agradeció a la Iglesia por haberla sostenido en los momentos más difíciles y acompañado en los mejores, y la de Nuño, que sintetizó el servicio del voluntariado observando que cuando se da lo mejor de uno mismo, esto “no se consume, sino que crece”.
Palabras que encontraron eco perfecto en la intervención del arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo Cano, quien en la ocasión subrayó que el “amor escondido” de quien sirve es la manifestación a través de la cual el Evangelio toca el corazón de la ciudad: “La Iglesia vive cuando sirve, cuando se entrega y cuando lo hace unida, mirando juntos hacia el mismo horizonte misionero”.
Posteriormente, el Papa tomó el avión desde el Aeropuerto internacional “Adolfo Suárez” de Madrid y llegó a la capital de la Comunidad Autónoma de Cataluña, Barcelona, en un vuelo durante el cual también fue invitado por la tripulación a la cabina para observar desde lo alto la Basílica de la Sagrada Familia – el mismo León XIV inaugurará en este viaje la última y más alta torre, la de Jesús – y en el que bromeó sobre su presencia “vestido de blanco” (el color del Real Madrid) en la ciudad que históricamente apoya al equipo “blaugrana”.
Apenas llegado a la ciudad catalana, León XIV rezó la Hora Media en la catedral; y, comentando en la homilía la Carta a los Corintios de san Pablo, pidió a la Iglesia diocesana ser miembros armoniosos del cuerpo de Cristo: “Trabajar juntos y entregarse sin reservas” como “un solo pueblo” fue su invitación.
“La Iglesia es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios, y crece ante todo dejándose amar por Él, unida, con corazón humilde y agradecido, porque solo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor”, afirmó León XIV en su reflexión. Añadiendo luego, como una exhortación para todos: “En un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser ‘mártires’, es decir, testigos y profetas, de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias”.
Después del rezo de la oración de la Iglesia universal, al descender las escaleras hacia la cripta de la catedral, el Papa se detuvo de pie durante algunos minutos de recogimiento ante la tumba de santa Eulalia, una de las santas más queridas de España y de la ciudad de Barcelona.
Por la tarde, en la casa arzobispal de Barcelona, el Papa se dedicó también a un encuentro más cercano, reuniéndose “en un clima afectuoso y amistoso” con un grupo de religiosos y religiosas de la familia agustiniana procedentes de distintas partes de España – entre ellos también sus hermanos de la comunidad internacional que realizan su servicio pastoral en el difícil barrio del Raval de la metrópoli catalana.
No faltaron tampoco encuentros de carácter más institucional, como los mantenidos con el presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña, Salvador Illa i Roca, o con los doscientos participantes en el “Encuentro Mediterráneo MED26”, dedicado a la “construcción de la paz” en el Mediterráneo, que se celebra en estos días en Barcelona, a quienes dirigió palabras de agradecimiento y ánimo, exhortando a viajar, en sentido geográfico y espiritual, para alcanzar aquellos puertos donde hombres y mujeres esperan la buena noticia.
Finalmente, por la tarde-noche, tuvo lugar el momento más esperado: la vigilia de oración con los jóvenes. Tras algunas actuaciones juveniles, León XIV escuchó tres testimonios significativos (sobre el vacío de una vida sin una mirada espiritual, sobre la depresión y sobre la violencia familiar), y respondió a cada uno con un mensaje de esperanza: el mundo crea anestésicos para la conciencia, pero la inquietud que surge no es un mal; al contrario, debe cultivarse, porque puede conducir al descubrimiento de Dios.
Del mismo modo, el Pontífice señaló que el bienestar mental está en peligro en las sociedades más avanzadas e invocó “un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes”, e invitó a “confiar en Él con perseverancia”, porque, como decía el papa Francisco, “con Dios, la vida siempre renace”.
Por último, ante el misterio del mal y de la violencia, que hace surgir en el corazón la pregunta “¿dónde está Dios?” frente a todo esto, el Santo Padre replanteó la cuestión: “¿Debemos preguntarnos ‘dónde estaba Dios’ o debemos interrogarnos sobre el hombre y la humanidad? (…) Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas sobre nosotros mismos, sobre las dinámicas de nuestra sociedad, sobre la cultura del individualismo, sobre la tentación de la violencia, y no sobre Dios”.
Así, con un breve paso también en catalán – que alegró a los cuarenta mil presentes – León XIV dejó a los jóvenes un mensaje de esperanza, invitándolos a no considerar las caídas como definitivas, sino como “ocasiones para quitar las máscaras que llevamos”.



