En la penúltima jornada, el jueves 11 de junio, el Pontífice primero llegó a Las Palmas y se encontró en el puerto de Arguineguín, símbolo de llegadas dramáticas y de recibimiento gratuito, con las realidades activas en el socorro a los migrantes. Allí ofreció numerosos mensajes y gestos de cercanía concreta a los necesitados, junto con una lectura clara y atenta del fenómeno migratorio y de la responsabilidad de todos para gobernarlo con sabiduría.
“Migrantes queridos: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme delante de su dignidad. No son números, ni expedientes! Son personas con una familia y una casa que se han dejado atrás, con sueños que nadie tiene el derecho de despreciar”
afirmó el Papa, quien en esa ocasión también lanzó una corona de flores al mar en recuerdo de las miles de personas fallecidas en los viajes de la esperanza a lo largo de la famosa “ruta atlántica”. Con corazón de padre, el Pontífice añadió aún:
“Todo barco que llega no lleva solo migrantes; lleva con sí una pregunta: qué mundo hemos construido, si tantos hermanos deben robar la vida por buscar la vida?”.
El discurso del Papa tuvo muchos destinatarios: después de escuchar el testimonio de una joven mujer obligada a partir por la falta de oportunidades en su país, subrayó:
“A tantas mujeres víctimas de la trata y de explotación: si otros han dado un precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirar te como una persona de valor inestimable”.
A los migrantes, junto con el reconocimiento de su dignidad ineliminable, señaló también el camino de la prudencia:
“No entreguen su existencia a quien la mercantiza. No crean a quien promete paraísos fáciles, en cambio de su cuerpo, del dinero, del silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son ‘cantos de las sirenas’, son industrias de muerte”.
Luego lanzó otro mensaje a toda la Iglesia:
“La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego ‘pasar de largo’ ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso”.
Entonces se dirigió también a las autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, ampliando también la mirada y el discurso a las raíces del fenómeno migratorio:
“La dignidad humana exige vías legales y seguras, socorro y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva de las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si existe el derecho de buscar refugio cuando la vida está amenazada, existe también el derecho de no tener que migrar: el derecho de quedarse en su propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecuciones, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan a los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar los muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte, ni pierde valor cuando atraviesa una frontera”
Con estos pasos significativos el Santo Padre reconoció la dignidad inviolable de los migrantes; aconsejó prudencia a quien, desesperado, piensa confiar en los traficantes de seres humanos; criticó a Occidente que se haya acostumbrado a un Mediterráneo reducido a cementerio; y reafirmó también el derecho a quedarse en su propia tierra, encontrando allí las justas condiciones de paz y prosperidad.
Sobre la cuestión migratoria el Pontífice volvió aún el día siguiente, viernes 12 de junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, en la última mitad de jornada de visita apostólica. En esta ocasión, en Tenerife, idealmente completó el viaje iniciado en Las Palmas, y si allí se dirigió a las organizaciones activas en la acogida, esta vez dialogó personas que trabajan en la integración.
También en este caso su discurso miró al trabajo que todos están llamados a realizar para una verdadera integración.
Primero, definió claramente los términos del discurso:
«Hablar, ante todo, de personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que de categorías jurídicas o de problemas a gestionar. Después de viajes difíciles y, a veces, de varios intentos, buscan alguien que les diga, con los gestos antes que con las palabras: tu vida no es un desecho, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no se ha disuelto en las aguas que has atravesado».
Luego, lanzó un claro anatema contra quien se aprovecha de la condición de necesidad de los migrantes:
“Quiero dirigir una palabra clara a aquellos que aprovechan la desesperación; a aquellos que organizan trayectos de muerte, trafican seres humanos, retienen los documentos, explotan los trabajadores, amenazan las mujeres, engañan a las familias y transforman el sufrimiento ajeno en un negocio. Deténganse! Conviértanse (cfr Mc 1,15)! Las lágrimas y la sangre de estos hermanos gritan a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él (cfr Gen 4,10; Ex 3,7-9). El dinero arrancado de la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro (cfr Jer 22,13; Jc 5,1-6).
Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado, deberán comparecer ante la justicia divina (cfr 2Cor 5,10). Rompan aquellas cadenas y liberen a quienes mantienen bajo su dominio (cfr Is 58,6). Restituyan lo que han sustraído y reparen cuanto puedan. Retornen mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar también al pecador más encallecido, pero entra solo por la puerta estrecha de la verdad, de la justicia y de la conversión”.
Finalmente, mirando el fenómeno migratorio también en una dimensión vertical, lanzó un apelo a los católicos activos en la integración de los migrantes:
«Que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».
La conclusión, luego, renovó de modo significativo el llamado a la solidaridad y a la fraternidad recíproca:
«Queridos hermanos y hermanas, todos, de alguna manera, somos migrantes, todos somos peregrinos en camino hacia la patria celestial. Ayudémonos a hacer de este viaje un evento más humano para todos, ofreciendo lo que está al alcance de cada uno.»



