Nacido en 1844 en Rocchetta Tanaro en una familia campesina, se trasladó a Asti para estudiar, continuando luego en el seminario y dejando atrás cierta comodidad para proseguir su camino en el oratorio de Valdocco. Estudió para enseñar en las escuelas secundarias inferiores y poco después fue ordenado sacerdote en Casale Monferrato: era el año 1864 y tenía veinte años. Don Bosco lo confirmó como docente en el colegio de Lanzo Torinese; después de siete años le confió la administración de la Casa de Varazze, en Liguria. Finalmente, fue elegido para formar el grupo de los primeros diez misioneros salesianos.
Si el primer destino misionero había sido el puerto de Buenos Aires, la exploración del territorio argentino seguía la línea del río Paraná. A quinientos kilómetros de la capital, la ciudad de San Nicolás de los Arroyos solicitaba la apertura de una escuela para los hijos de los ganaderos en un área habitada por aborígenes: un doble desafío, la educación y la evangelización, que padre Fagnano, ya identificado como “padre José”, acogió con entusiasmo. La infección de tifus que contrajo en 1879 lo obligó a regresar a la base para curarse y reconsiderar el espíritu y el método de la misión.
En los confines de la Patagonia
Al año siguiente fue enviado a Carmen de Patagones, la ciudad más austral de la provincia de Buenos Aires, a novecientos kilómetros de distancia: la puerta hacia la Patagonia. Aquí se dedicó a la construcción de edificios escolares y lugares de culto. La población estaba compuesta por indígenas, descendientes de esclavos africanos e inmigrantes europeos, una sociedad variada y con no pocas dificultades. El salesiano creó una sociedad de ayuda mutua, una especie de programa de intenciones que expresó con fuerza el espíritu colaborativo de los misioneros.
Al otro lado del río Negro se encontraba Viedma, la capital de la Patagonia.
Consolidado el nuevo asentamiento misionero, hasta 1887 el padre Fagnano pudo dedicarse a la exploración de la nueva región. Posteriormente, fue trasladado a Chile, como si tuviera que buscar otro paso para llegar hasta el fin del mundo.
Su residencia se estableció en Punta Arenas. Centro de frontera comparable al Lejano Oeste, la ciudad reunía comerciantes de todas las naciones, navegantes, exploradores geográficos y geológicos, en una clara separación entre “soñadores” y “aventureros”, entre revolucionarios y reaccionarios. Logrando establecer un difícil equilibrio político, el padre José se unió a grupos de investigadores científicos, pero también a soldados: su objetivo era comprobar las posibilidades de encontrarse con los habitantes de la Isla Grande de Tierra del Fuego. El gran lago llamado “el resto del horizonte” por la población selk’nam, desconocido por los cartógrafos, fue denominado Fagnano por el contralmirante que comandaba una de aquellas expediciones.
La reputación del padre José era la de un misionero extremadamente concreto: construyó iglesias, oratorios, escuelas, colegios. En el transcurso de tres años logró ganarse la confianza de las instituciones: el presidente de Chile le confió durante veinte años la isla Dawson con el objetivo de constituir allí la “reserva” de las poblaciones onas, alacalufes, yaghanes y tehuelches. Alcanzó la meta en la goleta rebautizada “María Auxiliadora”, con la cual anteriormente había llegado a los puntos extremos del archipiélago. Era la oportunidad largamente deseada de construir una isla feliz, un modelo de sociedad pacífica y próspera. Se trató, en efecto, de una especie de experimento social. Sin embargo, se propagaron tifus, escarlatina, tuberculosis y viruela.
El Prefecto apostólico
Si la utopía de Dawson concluyó con el abandono del proyecto, el pensamiento que la inspiraba fue eficaz para dar bases sólidas y futuro a otra misión, esta vez en la parte argentina de Tierra del Fuego que da al Océano Atlántico. En 1883 padre Fagnano obtuvo el uso de una vasta área en la desembocadura del río Grande, también allí para iniciar una granja modelo capaz de garantizar alimento y acogida a las poblaciones que el general Roca había diezmado con su “guerra del desierto”. La misión, confiada al padre Giuseppe Maria Beauvoir, fue dedicada a la Virgen de la Candelaria.
Estamos en el año del giro final: el 2 de diciembre de 1883 padre Fagnano fue nombrado Prefecto Apostólico de la Patagonia chilena, del territorio chileno de Magallanes-Punta Arenas, del territorio argentino de Santa Cruz, de las islas Malvinas y de las no bien especificadas islas que se extendían hasta el estrecho de Magallanes. Se trató del reconocimiento de la vasta obra de ese salesiano que, a pesar de su apellido que en piamontés indica a quien evita el trabajo, trabajó incansablemente como misionero en los confines de América del Sur.
Murió en Santiago de Chile el 18 de septiembre de 1916, pero su cuerpo fue sepultado, por deseo de la comunidad de Punta Arenas, en la catedral que él mismo había contribuido a erigir, en la ciudad donde había pasado gran parte de los años de su madurez.



