Italia – La muerte de Santo Domingo Savio contada a los chicos de hoy

La «Vida de Domingo Savio» escrita por Don Bosco, que en los ciento diez años precedentes había sido un punto de referencia, en 1977 se convirtió en un punto de partida. Por todos, fue advertida la exigencia de componer una «Vida» radicada en la tradición, pero verdaderamente nueva, es decir verdaderamente posconciliar, atenta al santo, a admirar e imitar, pero igualmente atenta al chico de carne y hueso.

El recorrido compositivo, iniciado y llevado adelante por los historiadores y por los biógrafos salesianos, ha sido recientemente completado por las investigaciones y por los estudios curados por Ornella Ceruti por cuenta de la Compañía de la Inmaculada de Nebbiuno.

El proyecto, que ha requerido quince años de trabajo, ha alcanzado el resultado esperado, porque ha sido inspirado por el corazón de Domingo Savio. La «Vida» tradicional cuenta la historia solo desde el punto de vista del corazón de Don Bosco educador. La nueva «Vida» cuenta la historia también desde el punto de vista del corazón de Domingo Savio, que, como todos los chicos, ha vivido de amistad.

La vida de Santo Domingo Savio releída por «La Compañía de la Inmaculada Concepción» de Nebbiuno

Para Domingo Savio (1842 – 1857), lo vital no es solo la amistad con Jesús y con María, sino también aquella con Giovanni Massaglia de Marmorito (actual Marmorito de Aramengo, 1838 – 1856), en el cual, cuando tienen respectivamente once y quince años de edad, encuentra al providencial hermano mayor, que decide en positivo su futuro. Juntos alcanzan en tiempos breves la cumbre de la santidad, juntos fundan la Compañía de la Inmaculada Concepción, embrión de la naciente Congregación Salesiana y vivero de vocaciones sacerdotales salesianas, también misioneras.

Entonces, el verdadero secreto de Domingo es el tesoro que encuentra poniendo en práctica la lección basilar y siempre válida, es decir aquella en materia de buenas amistades, gracias a las cuales es posible mantener los buenos propósitos y alcanzar metas extraordinarias, incluso cuando se parte en desventaja.

Aunque obstaculizado por la innata debilidad pulmonar, Domingo logra ir lejos y llegar alto, porque su compañero de camino tiene iguales aspiraciones al sacerdocio y a la santidad (garantizado por Don Bosco) e iguales virtudes morales y místicas (comprobadas por padre Caviglia y padre Molineris), sumadas a la fortuna de ser sano y robusto y de estar más adelante cuatro años en la edad y en los estudios (es coetáneo de Cagliero y Rúa, es hijo de Don Bosco ya desde 1853, es clérigo de Don Bosco desde 1855).

La historia de Domingo Savio no es más que la historia de su amistad con Giovanni Massaglia, nacida en Mondonio en 1853 y convertida en madura y fructuosa en el año escolar 1854 – 1855 y en la primera mitad del sucesivo, período en el cual ambos son oratorianos de Don Bosco. Teniendo presente este vínculo, todos los escenarios de la vida de Domingo, incluidos los últimos, se revelan y se comprenden a fondo, porque asumen el espesor humano de la vida verdadera.

Llegando al epílogo, sucede lo que Don Bosco había previsto en un sueño. En efecto, la santa amistad que los hace inseparables, los lleva a compartir también la tuberculosis pulmonar. La enfermedad, contraída del compañero enfermo, se lleva al Massaglia en solo tres meses, transcurridos en familia († 20 de mayo de 1856, de dieciocho años), y su final es el inicio del final del Savio.

Escribe Don Bosco: «Ante la pérdida de este verdadero amigo, que se había esforzado tanto por su bien, Domingo quedó profundamente apenado y, por primera vez, vi su rostro entristecerse y llorar de dolor. Lo lloró por más días y, en todo el tiempo en el cual le sobrevivió, lo tuvo siempre presente y más veces manifestó el deseo de alcanzarlo en el Cielo. Su único consuelo fue recordarlo en el Señor, especialmente cuando iba a hacer la santa Comunión, a la cual solían acercarse juntos. Esta pérdida fue un golpe muy duro para el tierno corazón de Domingo y también su salud, ya precaria, se resintió notablemente».

En el verano y en el otoño de 1856, Domingo pasó en familia largos períodos de enfermedad. Durante la primera mitad del año escolar 1856 – 1857, el Oratorio lo vio presente, pero incapaz de asistir regularmente a la escuela y, a menudo, incapaz de levantarse de la cama. El uno de marzo de 1857, dejó para siempre la casa de Don Bosco, sabiendo estar a pocos pasos de la recompensa prometida por el Señor.

Las paredes domésticas ambientan los ocho días que le quedan. Los últimos cinco son aquellos en los cuales recibe las visitas del cirujano, que busca curarlo practicándole sangrías, y del párroco, que le administra la unción de los enfermos. Mientras atraviesa estas experiencias, que agotan sus fuerzas, Domingo no está solo, porque la familia Savio es numerosa y amada por los vecinos de casa y por los compatriotas.

Sin embargo, es como si estuviera solo, porque la única persona que quisiera tener a su lado, es el amigo que lo ha precedido en el Cielo y que por tanto puede confortarlo solo espiritualmente. Presencia espiritual que se vuelve casi palpable, en el momento en el cual la acoge en su corazón consumiendo el Viático, última Comunión de su vida. Y, llegados a este punto, son diez meses que, cuando se recoge en el Señor o se anima, Domingo se pone una mano en el pecho, gesto que encierra un mundo, porque el bolsillo de su camisa custodia todo lo que le queda de Giovanni, es decir su carta de despedida, que termina así: «Querido Domingo, recuérdame de todo corazón en el Señor, especialmente cuando hagas la santa Comunión, y ten valor. La santa y amable voluntad de Dios ahora está por separarnos, pero un día seremos amigos para siempre en la feliz eternidad».

El 9 de marzo, al atardecer, esta perspectiva se acerca y el chico la espera con serenidad, alternando el reposo con la vigilia. A su cabecera, no está solo su padre Carlos, sino que está también el abuelo materno de Giovanni Massaglia (Giovanni Garesio de Mondonio, de sesenta años), pronto a aliviar al pobre padre de las dos tareas más penosas: satisfacer el último deseo del hijo, leyéndole las oraciones de la buena muerte, y luego dirigirse a la parroquia, para declarar su fallecimiento y firmar su acta de defunción († 9 de marzo de 1857, casi de quince años).

Para concluir, no queda más que llenar de significado la última frase pronunciada por Domingo, frase quebrada sobre la cual Don Bosco recama aquel: «¡Oh! qué cosa bella veo yo…». A reflejarse en sus ojos limpidísimos, es un escenario bien preciso, es el final feliz de la historia, que se desarrolla como habían pactado los dos jóvenes en su intercambio epistolar de despedida. A capturar la instantánea, son las últimas palabras escritas por Domingo Savio: «Mi querido Massaglia, hagamos así: aquel que sea el primero de nosotros en irse al Paraíso prepare un lugar al amigo, y cuando lo vaya a encontrar, le tienda la mano para introducirlo en la morada del Cielo».

Para recibir más información y/o material didáctico gratuito, visitar el sitio: www.massagliaesavio.altervista.org, que expone el proyecto completo, o escribir a: compagniaimmacolataconcezione@gmail.com

Ornella Ceruti 

 

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